Un ave gigante de la cueva del «hobbit» de Flores lleva el nombre de un científico indonesio
Un hueso de la pata hallado en Liang Bua, la cueva de la isla de Flores donde apareció el Homo floresiensis, era de un megápodo de unos 3,9 kilos, varias veces más pesado que el que vive hoy en la isla. Lo describe un equipo del Museo Universitario de Bergen en la revista Alcheringa, y la especie honra a Rokus Due Awe, el zooarqueólogo indonesio que identificó los restos del «hobbit». Es un solo hueso: no se sabe si volaba ni cuándo se extinguió.
Es la mitad inferior de un hueso de la pata derecha. Salió en 2009 de Liang Bua, la cueva de la isla indonesia de Flores donde se encontró el Homo floresiensis, el pequeño humano al que todos llaman «hobbit». Ahora sabemos que era de un ave nueva para la ciencia: Megapodius rokusi.
La describen la paleontóloga Hanneke Meijer, del Museo Universitario de Bergen (Noruega), y sus colegas en la revista Alcheringa. Los sedimentos donde apareció tienen entre 190.000 y 120.000 años.
Un pariente de las gallinas de casi cuatro kilos
Los megápodos son aves de suelo, parientes de las gallinas, que no incuban los huevos con el cuerpo: los entierran y aprovechan el calor del suelo. El equipo calcula que esta especie pesaba unos 3,9 kilos. El megápodo que vive hoy en Flores, Megapodius reinwardt, pesa entre medio kilo y 1,2 kilos.
El hueso es más grande que el mismo hueso de cualquier otra especie conocida del género, viva o extinguida. Y es el primer megápodo fósil descrito en Wallacea, la región de islas entre Asia y Australia.
Un nombre para Rokus Due Awe
La especie lleva el nombre de Rokus Due Awe, el zooarqueólogo indonesio que estudió durante años los restos de animales de los yacimientos del país y fue el primero en identificar bien los huesos y dientes del Homo floresiensis tras el hallazgo de 2003. Según los autores, es el primer megápodo que lleva el nombre de un investigador indonesio.
Los autores creen que sus huevos, muy nutritivos, pudieron ser un alimento al alcance del Homo floresiensis y, más tarde, de los humanos modernos.
Lo que un solo hueso no cuenta
Como no hay huesos del ala ni del hombro, no se sabe si podía volar. Tampoco cuándo se extinguió ni si llegó a convivir con la especie pequeña de hoy: el equipo apunta a que esta pudo llegar a Flores después de que desapareciera la grande. Para saberlo harán falta más fósiles.


